Yo creo en Mafalda

Camina meditabunda por su viñeta la niña Mafalda, mi amiga imaginaria, mi cómplice, mi compañera…

”Lo urgente no deja tiempo para lo importante” pensó ella a través de Quino alguna vez...

y qué verdad perpetuó aquel hombre por boca de aquella niña observadora, concernida comprometida y genial.

Si Mafalda estuviera al mando, me costaría mucho menos obedecer, me digo a menudo.

Si pensadores con la sensibilidad y la agudeza de Quino fueran, no solo nuestros mentores ó maestros, sino los jefes de la tribu, a muchos nos descansaría el alma y no viviríamos con esta permanente sensación de bochorno.

Me da verguenza literal delegar responsabilidades en alguien más imbécil que yo.

Da vértigo que nuestras libertades esenciales dependan del criterio de gente, no ya sin escrúpulos, sino sin profundidad.

La autoridad no se impone, la autoridad se conquista, se consiente a aquella o aquel cuya credibilidad se ha ganado nuestro respeto.

Si tiene que haber jerarquía, ¿qué menos que que la encabecen los mejores?

No a cualquiera le encomiendo decisiones que comprometen mi libertad.

Dependemos de las rigideces de un sistema estructural en el que lo que menos se espera de “la autoridad” es que sea “sensible”. Pareciera que esa permeabilidad fuera un flanco débil, una flaqueza.

Yo asocio, sin embargo, empatía con diligencia, lucidez con eficacia, sensibilidad con criterio y visión.

Quino nunca insultó nuestra inteligencia, se dedicó a alimentarnos. Y eligió los vivísimos ojos de una niña consciente y generosa para enfocar la belleza y las asperezas de nuestra poliédrica realidad.

La cotidianidad de Mafalda le sirvió de excusa para retratar el mundo con humor, dolor, ironía e inteligencia.

Trás las anécdotas diarias de esta cría argentina y de su ecléctico grupo amigos se transparentan los estamentos, la lucha de clases, las inclemencias sociales, los vicios y virtudes, las injusticias, los fracasos, los idealismos y las contradicciones universales.

Quino aún observaba, aún se paró a PENSAR…

Discurrir, qué vicio...qué verbo extinto, qué irregularidad, qué lujo en tiempos de urgencia en que ya NADA es importante. La filosofía se acabó con el pragmatismo. Solo en una sociedad incapaz de trascender la superficie pueden despreciarse los alcances de la rumia.

Y cuanto más cavernosa e íntima es la meditación, la conversación o el debate, más luz entra por la azotea, más ligero se siente uno, y más capaz de asumir los costes de la propia vida, sin interferencias ajenas.

No dudo que para levitar sirvan los mantras o una mente en blanco, pero YO FLOTO CUANDO PIENSO, sin neurosis ni obsesiones, por placer y por derecho, con las tripas de la cabeza y la sesera del corazón. Solo pensar te hace libre. De sentir no se libra el que piensa, por cierto. Son vicios simbióticos.

Y nunca fue más necesario ese cavilar atemperado de los que observan la milagrosa cotidianidad sin atajos ni tramposidades, analizando la azarosa vida con devoción y honestidad...con amor, humor y respeto.

Sin voluntad constructiva, sin balsámico humanismo, la crítica es mero aire… puro ruido.

Me pilla la muerte de Quino, pesarosa, empachada, con dificultades serias para digerir la ligereza con que se agitan los odios y se reverencia a los necios.

Me cuesta triple soportar el espantoso gorgojeo de las voces que atentan contra la dignidad misma, violando el sagrado silencio al que deberían consagrarse, cuando es precisamente esa patética algarabía la que nos distrae del canto del genio.

Quino, aquel digno hijo de inmigrantes malagueños (disculpen que suspire con estúpido orgullo solo por pensar que su mirada se alimentó de la experiencia de una pareja de andaluces que emprendieron y le concedieron una oportunidad, una vida distinta…) hizo más por todos nosotros que buena parte de esa sarta de majarones con tribuna que se reparten no solo el mérito, sino el beneficio.

Mafalda, su criatura, por cierto niña, no por casualidad mujer, nos regaló un millón de reflexiones que no morirán mientras yo viva.

Descanse en paz el maestro Quino, honremos el legado de los hombres buenos.