No hay villanos en mi trayectoria. Nunca he sabido amar a nadie que no lo mereciera. No es una decisión meditada, me enamoro instintivamente de la nobleza. Predomina ese rasgo en todos los hombres primeros de mi infancia. Es mi referencia. Cuando hay nobleza en el fondo, exotismo, extravagancia, excelencia o delirio, solo aderezan. TODO suma si el núcleo se conmueve. Sin intimidad solo hay superficie. La ternura teje complicidades en las que cabe hasta la violencia. Y hablo de esa morbosidad lúdica y animal que se urde entre dos seres deseantes y deseosos, ese juego primigenio de bestias que nos conecta con el suelo, que nos bate en duelo y nos hace asaltar y moder al contendiente sin transgredir JAMÁS la obvia línea que marca la voluntad íntima de complacerse. Es como la belleza imponente de dos perros que miden sus fuerzas sin enseñar los colmillos. Son guerras impostadas, luchas cuerpo a cuerpo bajo la luna, alentadas por el deseo y sublimadas acaso por el amor.. porque es en la holgura universal de un abrazo cósmico y redentor donde muere esa lucha, donde descansa. La complicidad entre dos seres mágicos hace mutar el paisaje, viajar en el tiempo, burlar las tediosas reglas, crear un lenguaje desde cero, ensayar la muerte y alimentar y engordar el ego para comértelo después como un cerdo en la matanza. La conexión con el otro reordena el mundo y te lo sirve, te impulsa, te sana y te educa. Es importante, pues, identificar la frecuencia de los seres que nos interpelan. Entrenar sin descanso esa sutil musculatura que nos permite intuir, SENTIR a los que nos rodean, advertir la energía que les mueve, comprender la nuestra.

Antes de que la religión llegara para pervertirlo todo, el hombre escuchaba el lenguaje de la tierra, respetaba la obvia influencia de los astros, estudiaba las mareas, acompañaba a sus muertos, celebraba la cosecha, agradecía el sol y la lluvia...

Tenía los pies en la tierra y la cabeza en el cielo, se dejaba guiar por las estrellas. En la misma medida en que no somos ajenos ni salimos indemnes al magnetismo de los astros ó la luna, tampoco debemos subestimar la frecuencia o el dial en que respira la gente.. Somos extremadamente vulnerables a los elementos, perderlo de vista es de civilizado. El cosmos es un jodido mapa de masas y fuerzas, la luna calma o crispa el corazón mismo del goliático océano...lo desquicia, lo templa y nos influye como si fuéramos un vasito de agua vibrando a los pies de una mastodóntica orquesta. Me recuerdo repitiendo frente a una pizarra: cúmulos, cirros, estratos y nimbos…

Me recuerdo de espaldas a los números, tratando de traducir a palabras las ecuaciones...me recuerdo consolándome con música y libros las consecuencias de SENTIR, desde temprano, tan alto y tan fuerte. Nadie mencionó jamás en la escuela el instinto, nadie me contó que las hormigas se alejan respetuosas cuando llego, después de limpiar la encimera de restos...

Ninguna lección fue tan alucinante como ver revivir ante mis ojos un tallo vencido, verlo erguirse, levantar, ver la vida reverdecer con solo ofrecer un poco de agua a la planta. Nadie me explicó ,hasta que lo viví, que una palma extendida sobre mi pecho o sobre mi cabeza, puede reconfortar en un segundo a todas las niñas que he sido...y que una mirada inteligente, sensible y cómplice es siempre una cruz certera en el camino, una luz de faro en el mapa. El sexo con la persona adecuada es como un trasvase cósmico de energías que se compensan. Las dos criaturas entrenadas en la vida carecen de miedo y abren esas puertas...y fluye una fuerza alucinante que se mece por arte de magia en un oleaje balsámico que riega por igual ambas orillas. El sexo con animales inconscientes, o personas muy ensimismadas puede ser inclemente como el sol del desierto. La conexión queda a ras, apenas en la superficie inflamable del mapa de terminaciones nerviosas. Siempre gana el peor. El animal más generoso suele salir vacío. Nobleza obliga. No subestimemos el mundo sutil, la obvia densidad de lo que no se ve, los guiños que nos conceden luz, la temperatura de una piel que no ajusta nunca a la tuya. La duda se escucha, la belleza también...es solo cuestión de entrenar los sentidos. Uno suele intuir lo que tiene delante. Si no lo piensas, los sabes. Suele surgir ante los animales compatibles un confort inmediato.

La sintonía intelectual es un abrevadero. La química suele hablar a voces. Cosa distinta es que uno busque castigarse o seguir desaprendiendo. Conceder más tiempo de la cuenta a alguien que no nos aporta o elegir por defecto, como hechizado por una maldición bíblica, aquel perfil de gente que no nos conviene es tan dañino como renunciar definitivamente a la dulce reciprocidad.