Amo de bucear el silencio inmediato que sucede al sumergirse...abandonar en la superficie el rumor del pensamiento. Lo ruego a veces con los párpados cerrados. Aborrezco el ruido insidioso por insignificante que sea. Me crispa el gorgojeo vacío de los que tienen vértigo a callar, su tonada... Amo el silencio balsámico de las horas muertas que la soledad procura, perder la vista en un detalle hasta verlo borroso, flotar en calma, la voz del mar en todos sus registros. Nada puede compararse a esa paz sin testigos...solo el lamento sublime de algunas cuerdas, de algunos vientos, la sensualidad torrencial de algunas risas y de muchos instrumentos.. La lluvia sobre la floresta, el crepitar de las hogueras o el aullido malentendido del animal que se expresa... Me rindo al canto de los grillos, al bullir de las cafeteras, al rumor de los cántaros, los manantiales y las fuentes, al eco de los patios o al traqueteo del transcurrir de los trenes que ya no existen.

Me relaja escuchar pasar las hojas del periódico o el parloteo imposible de los niños cuando juegan solos... También el crujir de las hojas secas bajo los paseos otoñales, el aire por entre las flores, la forma de murmurar de las tórtolas y susurro de los rezos de los beatos en las iglesias. Bienvenidas las cigarras, el clamor de las gaviotas o los sonidos del amor. Escucho tu voz y el silencio...

el sonido delicioso del silencio dejándome vacía.