Cuando me sentía masticada por la ciudad y no me quedaba ya aliento, entraba como una exhalación en la librería más cercana y rastreaba como un perro "El libro del desasosiego". Agarraba la edición más pesada, la abría aleatoriamente, y dejaba que mis ojos descansaran en el párrafo que aparecía ante mí como un claro de bosque. Me aliviaban aquellas reflexiones como escuece lavar una herida sucia. La lucidez perfora, se hunde sádicamente en tu herida más profunda como un anzuelo y te eleva en el aire rescatándote de la ciénaga donde chapotea aquel que solo tiene respuestas. Abrasada por la suficiencia implacable de algunos estúpidos, me enjuagaba el corazón en aquella orilla neurótica y sabia...dejando que la rumia de Pessoa se presentara ante mí como un oráculo. Sentía un consuelo balsámico ante aquel espejo. Siempre entendí las entrañas de su universo como si lo/me hubiera parido.

Nada en su laberinto me ha sido jamás ajeno.