El pecado era "esto", pienso como si acabara de identificar por fin el significado de la palabra.

No sé de religiones, solo creo en nosotros. Pero si alguna vez había que ensuciarse la boca empleando un término tan manipulado para denunciar y aborrecer tibiezas, es esta. Nada fue nunca tan pecado como esto. Y jamás me costó tanto tener fé en nosotros. Escuchar a esta madre es un atajo al infierno. Es enfrentar sin anestesia el horror del que estamos hechos, es llorarse encima de vergüenza por respirar y silbar estribillos de amor mirando el mismo mar donde la muerte mece los cuerpos de tanta gente prohibida. Estas imágenes son el verano interrumpido, el fin de la fiesta, una hostia seca en los cachetes sonrosados de la Europa esquiva. Esa Europa borracha, amoral y estúpida que se empeña en seguir bailando mientras la pista se le llena de cadáveres.

Y yo quisiera gritar en mitad de la plaza que estamos perdidos, porque no sé qué me aterra más, si el desamparo de esta mujer o nuestra indiferencia.


"El pecado era esto", me repito mientras camino con el mar turquesa a cuestas. Es pecado esta falta flagrante de piedad, esta derrota de todo lo que nos hace humanos, esta serpiente sigilosa anestesiando el corazón de un continente que ya no tiene agallas ni rumbo.

Me sumerjo en el azul de las postales con la herida abierta y lloro desconsolada bajo el agua que atragantó a los que no llegarán nunca.

Siento asco y una pena infinita. Nada será ya un consuelo. Aprieto y me obligo a respirar bajo el agua, aprieto y me obligo a imaginarme la vida desde la superficie vacía de gente, desde tus horas macabras viendo el mundo zozobrar, a la deriva literal, entre la vida y la muerte. Aprieto y calculo tu angustia, tu perplejidad, el rastro borrado de cualquier vida previa a esas horas malditas; la herida que deja el miedo, el espanto de no existir, la mirada impermeable, el desprecio de esa masa turbia y desarbolada que no entiende ni atiende, que no te auxilia, que no te concede cristiana misericordia siquiera.

Y no puedo porque no se puede. Porque no alcanza mi ventana para atisbar el averno, porque no tengo permiso siquiera para imaginar el sufrimiento que te trajo a mi orilla.

Porque sufrir es siempre un verbo extranjero que se toca en otra escala.

Es infantil el escozor de esta postilla, es liviano el dolor, es de juguete. Porque yo me duelo bajo el sol próspero del mundo que te da la espalda. No habrá placidez posible, ni abundancia, ni felicidad venidera, ni sosiego.

No habrá paz para nuestro espíritu enajenado mientras suene este alarido, mientras un hijo se ahogue o llegue ileso a la orilla con todo su infierno dentro.

A ratos intento sin éxito abstraerme, como si mi vida fuera solo mía, como si pudiera, como si supiera y quisiera.

Pero el desasosiego de esta mujer se me aloja dentro multiplicando el eco de gente que aúlla a un millón de casualidades de mí. Y siento de algún modo que estamos conectados a través de raíces invisibles que se hunden en el suelo bajo nuestros pies insignificantes. Siento que enviamos mensajes de auxilio que otros pueden escuchar, sentir y asumir sin saber siquiera de dónde procede la vibración, esa vibración.

El sonido inconfundible del lamento humano.

No sé de religiones, pero me aferro a mi fé en nosotros.

No sé de religiones, solo sé que un nosotros que les excluya o les ignore es pecado mortal.