PARÁBOLA DEL CACHORRO Y EL GATO VIEJO

Veo a un cachorro creciendo a la sombra de un arisco gato viejo. El cachorro teme al gato, y aunque se convierte rápido en un perro adulto mucho más grande que el gato que le arrincona, ese miedo original gestado en las dimensiones del cachorro, hace que el gato le doble eternamente la estatura. Pienso en mi cuerpo pequeño temiendo algo incalculable, en mi cabeza infantil abrasada por la fantasía despertando en mitad de la noche. Pienso en mis manos minúsculas palpando las paredes en la más absoluta oscuridad, repasando desesperada la secuencia lógica de los objetos que me rodean: la puerta del armario, los cuadros, las estanterías, el cabecero de la cama, la ventana y de nuevo el armario sin que lleguen nunca al alcance de mis dedos el interruptor de la luz o la puerta de salida. Me veo, presa del pánico, repasando cada vez más deprisa el mismo circuito cerrado, sintiéndome atrapada en una agujero negro. No es un sueño. Son recuerdos. Ese miedo ermitaño es el único que conservo y que fue adaptándose a las hechuras de mi cuerpo y de mi vida. La dimension inabarcable de un miedo sin nombre que podría tener acaso el tamaño de un ratón y que sigue arrinconando a este elefante.