NO TE RINDAS, NO ME RINDO

No hay duelo por la ventana perdida, ni añoro la casa que amparaba más que otra cosa mis temores. Apenas hay espacio en esta habitación exigua para albergar melancolías ni excusas. Cabe lo justo. Si me estiro sobre esta cama en la que deben haber follado generaciones de singulares, hago pie. Huele a otros esta casa de nadie...huele a añares de gente. Adaptaré sin reparo las curvas a este metro cuadrado que me exige dejar en la puerta todo aquello que no cabe en un bolsillo. Nunca estuve más desnuda. Jamás hizo menos frío. Estoy en tránsito, puedo sentir con detalle esa pulsión familiar que abraza el cambio como si lo estable fuera un laberinto. Como si mutar fuera el único verbo confortable. Amo adaptarme a lo siguiente; me genera euforia sobreponerme al miedo. Me humedece la morbosa incertidumbre. Este lugar es completamente ajeno y me siento inexplicablemente feliz. Nada sofoca mis ganas de todo. Camino el barrio con la sonrisa puesta y sus calles me abrazan gentiles. Soy militante del amor de ida y vuelta. Esta ciudad está llena de gente fluorescente. Puedo intuir la belleza bajo el peso de sus chaquetas. El fulgor se filtra por los huecos de algunos ojales, bosa por los cuellos tiesos de muchas camisas...se asoma descarado a los ojos tenaces de los que aún no vegetan. Me vuelco entera en un guiño, e hilvano cualquier excusa para amarrar nuestra mirada con un pespunte ligero.. Te agarro y me agarras. La ciudad no resbala si nos sonreímos. No te rindas. No me rindo.