©Vivian Biet Argentina

Soy niño de orilla. Rastreaba estos días las huellas de unos puntos suspensivos y di de bruces con la idea. Sigo siendo discípula de esa cría al borde que crece sinmigo dentro de mí. La albergo sin autoridad ninguna. No tengo potestad para cuestionar sus pasos. La siento a veces reprochándome los miedos que ella desconoce y que yo aún aprendo. Y me guía orilla adentro a desaprender, a limpiarme de las palmas las suciedades que algunas experiencias sin moraleja dejan en mí. Puro residuo. La miro y me recuerdo sintiéndome capaz de todo...liderando con mi penacho de ideas a una legión de cangrejos,rescatando caracoles y lagartijas...ratas de campo y gorriones.. Y arrimándome sin más a los otros críos, a charlar. Los niños de orilla no hablan siempre el mismo idioma, pero nunca una lengua extranjera se interpuso entre dos críos. Y ocurrían las historias de cabo a rabo, sin adultos mediante, sin interpretaciones bienintencionadas pero torpes de gente ajena a lo nuestro..a nuestra chalaúra bendita de niños sin Biblia. Aún hoy entiendo a ráfagas algunas palabras sueltas de aquel idioma olvidado, aquel babel infalible para comunicarse sin trabas, aquel dialecto universal de niño de orilla que lo comprende todo porque le basta la voluntad. A veces me paro a refrescarme el cansancio en la charla de un par de críos que juegan..y me sorprendo comprendiendo desde las entrañas la estructura formidable con que construyen todo su disparate. Entiendo el disparate porque sigue desordenando mi habitación.