MI MAPA ELÉCTRICO

Bastó un bache de mierda para sacarme del sendero.

Y debí caer bien lejos de la ruta, porque nunca más he encontrado el camino.

AHORA VIVO EN UN ESPLÉNDIDO TABLERO. SOY LA REINA, PERO ME DEFIENDO SOLA.

Hasta aquel tropiezo yo había caminado sin excepción a pecho descubierto. Admito que la ausencia de miedo me daba una ventaja extraordinaria.

No me enseñaron que los hombres fueran indispensables, así que no desarrollé miedo a perderlos.

Mi forma de merodearlos era jugosa, los observaba sin prisa dejando que sus detalles me llenaran la cabeza de fantasías...después me sugestionaba sola anticipando el encuentro, y finalmente lo dejaba suceder ó no.

No fuí precoz, nunca tuve prisa. Disfrutaba secretamente de mis platonismos como si fueran un banquete para un único comensal.

Me entrené mucho sola antes de encomendarme al juego.

Mi primer beso fue la leche, y el primer polvo una revolución.

Las dos experiencias me conectaron fuerte con mi cuerpo.

Me enamoraba perdidamente de aquellas anatomías y establecía con sus dueños una camaradería casi infantil.


Los abordaba intelectualmente como iguales y en la cama me comportaba como un animal más dominante que desvalido.

Sentía más apego por las emociones fuertes que me procuraban la intimidad y el sexo, que por la persona en sí.

Les quise hasta el dolor, una cosa no quita la otra, pero creo que nunca les llegué a necesitar.

No hay rastro de frialdad en lo que cuento. He establecido con los hombres de mi vida complicidades y ternuras que no sé si son de este planeta. Solo que en mi cabeza el climax no era establecerme y proyectar...mi plan era amar sin bordes y exprimir sin complejos esa casualidad irrepetible de la vida.

Nunca tuve la tentación de quedarme para siempre.

No es que me propusiera fechas ó finales, sencillamente la vida se me antojaba demasiado larga para decidir algo definitivo.

Y ese concepto de “temprano” pervirtió mi noción del tiempo para siempre.

Amaba por tanto con el desquite y la entrega de quien sabe que algo es efímero, y entendiendo esa condición exclusivamente como una ventaja.