No sé si es la falta literal de sueño o el complejo de aburrida que arrastro por no sentir la llamada a disfrazarme en estas fechas, pero estoy triste hoy.

Me maravilla la voluntad de los adultos que se suman a la celebración casi con más entusiasmo que los niños.....

Es probablemente la única ocasión en que veo a los adultos jugar. Me gusta. Lo celebro. Ojalá no hiciera falta una excusa extranjera para hacerlo.

No sé si es pereza, falta de costumbre o que mi cuota de juego ya linda el abuso, pero pasan los años desde que llegó Halloween a vuestras vidas y sigo haciéndome la remolóna, escaqueándome de esa fiesta que tanto promete.

Por una vez me siento marcianamente alineada con la cara mediterranea de esta costumbre, con la nostalgia y el recuerdo a los muertos...con el nudo en la garganta por tanta diapositiva suelta que me asalta sin cuidado desde que abrí los ojos esta mañana. LLoro ahora, de hecho, recordando con milagrosa precisión el olor de todas mis ausencias, de todos mis paisajes, de todas las viñetas sepultadas por el tiempo.

Tengo el pasado fresco como una lechuga y me invade como un perfume el sonido de toda esas voces familiares que guardo en el corazón como un frasquito de esencias.

Siento, al abrirlo, mi pecho entero hacerse un ovillo del tamaño de una nuez...y una falta súbita de aire que se parece a cuando el agua se recoge de la orilla con violencia, mar adentro, para volver después en forma de ola, de suspiro, de puro aire encarcelado que el cuerpo libera ante la fotografía viva de los amores viejos...los primeros...mis abuelos.