MI ROMANCE CON LAS VOCES

Mi romance con las voces se remonta a tiempos en que ni siquiera era consciente del significado de las palabras.

Una timbre ESPECIADO puede hacer que pare en seco y me prenda a un hilo.

Rastreo el dial y entorno los ojos para captar el sonido, los matices, la música del hombre... la danza lisonjera de las sílabas maceradas en la historia de una voz, en su saliva única...


Reconozco que es un rasgo de la identidad del otro al que presto una atención desmedida. Recuerdo lo turbador que fué a mis 13 años ir descubriendo, de a poco, la música que afloraba en los chicos de mi entorno conforme les cambiaba el cuerpo y la mirada. Me alucinaba esa gravedad repentina, esa flauta travesera que pasa a cuero de timbal...a cajón flamenco.

Sentir en la oreja la densidad de ese sonido nuevo como un soplido a traición.

Me siguen dando escalofríos las voces con arena, los tonos cavernosos, los acentos sinuosos que se deslizan hacia el timpano arrastrando letras untadas en aceite caliente.


No siempre DICEN algo esas voces, pero admito que les concedo-por VICIO-el beneficio de la duda.

La profundidad me atrapa como un cepo traicionero.

No es casualidad que todas las voces de mi casa sean como el aviso a navegantes de un transatlántico, puro tenor bucanero, la tormenta misma saliendo, sin limpiar, de los sotanos del pecho de mi abuelo...

Pero no se limita a la hondura del registro mi oreja inclinada.

Hay mil matices que pueden distraerme del QUÉ y despeñarme en el CÓMO.

Me aturde seriamente la música de algunas bocas. Después vuelvo al ruedo y atiendo la idea, pero puedo perderme lapsos largos en el charco de una voz fangosa...Y hacer un poco el amor con ella a espaldas de su dueño, que no siempre es consciente, ni responsable.