Vivo descalza, se me hace viejo encima el único vestido, y me unto el pelo y la cara con el mismo aceite con que aderezo las tortillas.

Me arrodillo donde pinta, entre las matas, a los pies de las palmeras...me gusta estar desnuda, en cuclillas, salpicarme los empeines...cagar mientras me hipnotizan la hormigas, el crujir de las hojas o los colores imprevistos de algunas piedras...

Y correr a enjuagarme a la orilla.

Me aseo a diario con el agua de las lagunas, los cenotes o las playas que encontramos en el camino.

Sangro y mancho cuando toca y, a falta de tampones, uso paños o toallas.

Corren la misma suerte que yo las sabanas sucias.

Laguna, fango y jabón...

Me acuerdo mucho estos días de las manos casi anfibias de mi abuela, con sus garras ganchudas y torvas rescatando sin inmutarse una papa frita del aceite hirviendo.

Se juntan en esta selva el empeño inútil de mis nudillos vírgenes de niña con lavadora y la desfachatez del lamparón, su impertinencia.

De nada sirve frotar, JURO que hay telas con una memoria implacable.

Nuestra almohada, por ejemplo, se resiste a olvidar nada.

Siempre fui un animal, pero la experiencia me va asilvestrando.

Ahora he encontrando a un ilustre salvaje que me acompaña en la aventura, en la postura y la expresión.

En tiempos de asepsia extrema, huyo y vivo íntegramente sumergida en un abrazo, latiendo y sudando en el corazón de esta idea, contagiada hasta las raspas, enferma de amor. Sucia y decidida.

He descubierto que la selva esta llena de arboles que se abrazan, que se organizan, que se sostienen, se penetran, se entrelazan y se funden literalmente de una manera que jamás había visto... que nunca hubiera imaginado.

Creo que la naturaleza sucede distinto a nuestras espaldas.

En nuestros jardines, ante nuestra irrespetuosa e irreverente presencia, la naturaleza en su esplendor, en su radiante complejidad, con su indiscutible inteligencia viva: se esconde, se apaga..

Se escabullen los peces, huyen aterrorizados los imponentes cocodrilos, se alejan las tortugas y los jaguares, enmudece la tierra.

Me pregunto si los pájaros de nuestras ciudades y pueblos han dejado de hablar, de cantar, de comunicarse...

porque bajo este cielo de madrugada, ese mismo que en las noches me ilumina la cara con su mapa limpio y claro de astros y estrellas, los pájaros no cantan.

Aquí un millar de aves se obsequian y alardean cada mañana ejecutando una majestuosa polifonía que me deja muda..

Parejas dispares de todas las razas, tamaños y colores sostienen lo que de pronto siento como una declaración de intenciones. Se expresan, la libertad no se les ha olvidado. Nuestra presencia insignificante no genera suspicacias y surgen en la oscuridad los ojos tornasolados de los caimanes, la letanía algo siniestra de los monos aulladores, el paso sigiloso de los jaguares o la presencia inofensiva e imponente de las boas...

Nos visitan águilas, garzas y pavos salvajes y una mariposa gigante brota cada día como por arte de magia del tronco hueco donde vuelco los restos de fruta..

Me ensalivo generosa los arañazos del día y escupo sobre las ronchas como codos en las que insisten cada noche los mosquitos.

Desahogo un cubo en el piso y dejo al viento atravesar las ventanas..

Mi sonrisa arrastra el polvo y a carcajada limpia adecentamos esta isla sobre ruedas.

No hay escrúpulo, solo alergia a las solemnidades.

Beso y muerdo sin piedad la boca abierta de este amor del que estoy tan infectada, él me araña la espalda, le arranco a mordiscos la carne de las mejillas, me chupa la cara, le rompo el pescuezo, me abre las nalgas, le arranco las greñas, su amor me apuñala y mi amor le devora y se lo traga.

Chocamos, morimos y resucitamos como energúmenos..

le arranco los ojos, le vendo mi alma..

se manchan mis pechos...

hay restos, rastros y huellas en el suelo y las ventanas.

Nunca amé a alguien tan descaradamente,

Le mezo como a un crio y él lame el sudor fresco de mi axila.

Cuando avergonzada por mi suerte lloro desfallecida, él se aposta a mi lado como un perro y me desliza en la oreja ternuras infinitas...

Tiene en la voz una nota que podría consolar a un niño de cualquier perdida, incluida la propia infancia.