Aterrizo en el misterio.


Me bautiza el aire piadoso de un mar que aún no veo.

Me sorprende la alegría inmediata que sube conmigo en el taxi de lata color pastel, una dicha revoltosa que se adentra con nosotros hasta las entrañas del tiempo.

Lloro y me río, el hombre me mira y se ríe conmigo.

Me disculpo y lloro...

No pensé que mi pecho se abriría como una boca hambrienta ante el puzzle de fotografías viejas que se cuelan con el aire por la ventanilla rota. Me acomodo en este alivio con la soltura de un mono.

Me hablan y atiendo, conozco el camino. Olfateo ruidosamente el clamor a salitre que me escupe la bahía.


Reconozco sin evocar las baldosas , las fachadas, los umbrales, los tiestos, la pereza bulliciosa de los tangerinos, la urgencia de sus gorriones...

el semblante espumoso del mar y el relieve nítido de mi tierra pintorreando el horizonte de la plaza.

Todo respira con idéntica cadencia, nada se ha movido un ápice de su sitio.

No queda rastro de mi pasado en las calles, sin embargo.

El presente ha borrado cualquier rastro en estas calles de aquella melancolía.

Dejo atrás los cañones, las miradas, los silbidos, el susurro de las babuchas, las manos torvas de los viejos haciendo nudos a las bolsas, los cláxones, los carros, la curiosidad ansiosa de los niños, los gatos constipados...

los mil y un puestos de hierbas y fruta, de dulces y queso,

de guiños y pan...

Hundo las yemas en la cajita aceitosa de cartón blanco donde la cara de siempre me coloca primorosamente un par de briwats de pollo.


Me deja el mercedes crema a la sombra y cuarto de una mezquita en pleno rezo. Encaro a pie el repecho legendario de todas mis idas,

de todas mis vueltas, de todas mis vidas. Camino a la casbah pisando los mimbres con que se teje otra historia que aún no presiento...dejándome engullir por la noche que ya llega.