Huir de la propia sombra puede vertebrar un discurso.

Dime de qué huyes y te diré quién eres.

Pienso en la belleza espeluznante de esos árboles cayendo fulminados, en la poesía inevitable de su muerte.

Puede la gracia surgir proyectada desde la sombra abyecta, puede ser esplendorosa la belleza del fuego arrasador, que destruye y redime, que castiga y rescata.

Pienso en la sordidez de la miseria, en la rabia sorda del condenado, en la aspereza de una vida sin festivos, sin abrazos, sin excepciones..

Pienso en los límites de la tristeza, en su descortesía, en el desconsuelo infinito del paria que camina a diario su fracaso porque no hay otra senda transitable que le depare el destino.

Hay gente que nace derrotada.

Pienso en la sofisticación de la naturaleza, en su fuerza bruta también.

Puede ser impiadosa o generosa la tierra, puede privilegiar o condenar la semilla. No existe una justicia que priorice la flor.

Somos caprichosos y arbitrarios como la propia naturaleza, fuimos confeccionados a su imagen y semejanza...deformes y espléndidos, radiantes y desesperados...productivos, estériles, bárbaros, frágiles, crueles y desparejados. Sublimes pollos sin cabeza.

Pienso en la culpa. En la íntima y en la compartida, en el obsceno secreto y en el obsceno clamor…

en la violencia desatada de quien se defiende, y en la serenidad del verdugo, en su silencio redentor.

Pienso en en la pérdida de identidad del individuo en cuanto se funde con la turba...esa suma que unida lucha, se defiende y consigue...o resta, arde, quema y arrasa. El colectivo asume mucho mejor que el individuo la atrocidad, el colectivo puede ser injusto porque la culpa no tiene unidad a la que aferrarse y en la que prosperar.

La culpa compartida es llevadera, no obliga a cuestionarse.

Pienso en la desolación flotando como un cadáver en la densidad aceitosa de unos ojos verdes que entregan sin pedir..

Pienso en la madre, en su piedad infinita, en su eterna misericordia….en la condescendencia que aligera el peso de cuaquier purga, en el poder inaudito de su minúscula fuerza.