Me sacuden el piso recuerdos que no invoco.

Me pilla a traspiés el descaro con que la escena muda de carne y me arrastra del pelo a la alfombra de musgo de un bosque finlandés. Siento sin más la humedad del lago y el olor exacto de mi casa al fondo del camino.

Rescato sin esfuerzo el sonido preciso del reloj de pie; también la temperatura del aire y de la madera. De súbito el jugo concentrado de mi vida en aquella periferia verde y aislada... y el dolor extranjero de recuperarlo bruscamente sin venir a cuento. Lo asumo como si mi mente no estallara un poco con estas regresiones locas con las que mi corazón se larga a trotar descompensado.

Como si no fuera extraño caer fulminada de amor ante el recuerdo fresco de algo que desapareció ya un millón de veces.

Y empiezo a suceder solo a medias, un poco a tientas entre dos realidades...

Y vuelvo a ser la cría que entierra tesoros a diario en el perímetro de bosque que pertenece a la casa, la niña vieja que confecciona mapas exactos y que jamás encuentra de vuelta las cajas de galletas que entierra entre los abedules... esas latas primorosas rellenas de confesiones, minerales, plumas de pato, avellanas y muertos.

Y vuelvo a los días sin horas merodeando la isla, remando en el bote, husmeando en las casas vacías y recorriendo senderos a lomos de mi bici sin dueño...

Vuelvo sobre mis pies pequeños a dos centímetros del precipicio, a dos segundos escasos de caer eternamente en una bañera sin fondo, gigante… aquel agujero de mineral blanco cavado en la roca, en medio de la frondosidad y de ninguna parte.

Morí un millón de veces allí, apenas a un suspiro cobarde del borde, agazapada entre las matas de arándanos, hipnotizada por la altura y por el color sanguinolento de las aguas estancadas del fondo.