LA EDAD DE LAS BICICLETAS

Se suma a mi carrera a la altura de Cibeles y pedaleamos prácticamente en paralelo un buen rato. Aceleramos a la par para ahorrarnos un semáforo y evitamos juntos, no sé si con el mismo criterio, la rotonda de Atocha. Coincidimos parados por primera vez a lo pies del ministerio de agricultura.

Nos saludamos con una sonrisa. El tipo es alto, bien parecido, viste con sobriedad escandinava y no debe tener menos de 80 años, tal vez algunos más. Observa con curiosidad la caja de plástico negra que he agarrado con presillas a la parte de atrás de mi asiento a modo de maletero. Su bici está mucho mejor equipada, se nota que tiene uso y vida...pero parece interesarle mucho mi improvisado transportín. La luz se pone verde y volvemos a incorporarnos juntos al tráfico. Pedaleamos aún un rato... Tengo la sensación de que ambos tenemos una manera muy parecida de respirar la experiencia, de recrearnos, de disfrutar del paseo y del camino. El viento nos azota de frente y subimos a pulso un repecho que nos obliga a apretar el culo y a pedalear más fuerte. Me adelanta y celebro con una carcajada el desafío. Cuando vuelvo a mirarle, su expresión es tan risueña que los años han desaparecido de un plumazo de su cara. Hay algo en el entusiasmo que nos devuelve a la infancia. Nos detenemos en un semáforo y con un guiño me indica que se bifurca a la izquierda.

Nos despedimos con la vitalidad y el humor de dos chavales que vuelven a casa después de una tarde de juego. Continúo mi camino cavilando sobre el espectáculo de ver a un anciano planear como un crío con su bicicleta, sobre lo relativo de la edad… Me pregunto si se trata de un golpe de suerte en la lotería genética, si es disciplina física o determinación mental, si influyen la cultura y los usos y costumbres, o si la clave está en la naturaleza del propio individuo que decide burlar a consciencia los standares y la convención.. Recuerdo, mientras me dispongo a atar la bici a un poste en la entrada de un supermercado, a toda aquella fauna finlandesa que circulaba a diario por la isla cuando yo era niña, en la soltura con la que se manejaban los abuelos, en sus piernas aún juveniles, su indumentaria desenfadada y en aquellas mejillas encendidas por el ejercicio que les restaba, a mis ojos, categoría de ancianos. Mientras intento recordar la clave del candado se acercan caminando un par de mujeres latinoamericanas. Una de ella empuja una silla de ruedas. Sentado va un señor no menor de 80 años, tal vez algunos más. Va primorosamente vestido, puedo oler desde la distancia el rastro de alguna de esas colonias míticas a granel.

No está descuidado. Tiene una bonita piel, un precioso pelo cano y una absoluta ausencia de expresión en la mirada. Las dos mujeres hablan de sus quehaceres, intercambian datos, mencionan sueldos y circunstancias laborales. El señor queda aparcado junto al banco en el que ambas se sientan a charlar. La mujer más rolliza le agarra de vez en cuando la mano a lo largo de una conversación en la que él no participa.

Siento como si me hubiera fulminado un rayo y permanezco en cuclillas junto a la bici, cerca de los tres. Ellas mencionan la residencia, a los hijos que ya no vienen de visita, los pisos que esos mismos hijos venden, el desdén con que muchos españoles tratan a sus mayores, la soledad de sus "clientes", los sueldos cada vez más miserables que reciben, la muerte reciente por fractura de cadera del único amigo que le quedaba a “Rafael”...

Hablan de cómo la mayoría de esos ancianos abandonados pierde la cabeza, de cómo olvidan, en cómo sueltan... Yo miro a Rafael, completamente ajeno y ausente, con ese sesgo de dulzura hueca en la mirada,

y me echo a llorar... Quiero taparle los oídos, aunque sepa que no atiende ni entiende ni está ya. Quiero que se muera...quiero que no exista. La cuidadora se levanta y le pasa una mano suavemente por la cabeza, él pierde la vista en una dirección diferente. Quiero abrazarle y salvarle de su vida, agarrar la silla y correr con él cuesta abajo como antes he hecho con la bici...que el viento le acaricie la cara, que le salgan rosetones...volar. Ojalá Rafael no tenga ya lucidez que le permita entender su tragedia, pienso. No entro al súper, desato la bici, me incorporo al asfalto y empiezo a pedalear como si no hubiera un mañana. El aire me seca las lágrimas. Me alejo de Rafael. En este momento solo concibo mi vejez a lomos de una bicicleta. Que la vida nos conceda a todos seguir pedaleando hasta el final, amigos.