Espero mi turno con dos mangos gigantes entre manos cuando entra un niño de pocos años en la frutería.

Se trata de un petiso rubio, enclenque, muy pálido, vestido sin atención y con tirantes.

Con un fortísimo acento de pueblo se dirige directamente al mostrador desde su escaso metro y poco de altura, levantando el mentón al aire: "Quiero un zaco 10kilopapa"

Viene solito y, de no haber abierto la boca, le hubiera pensado extranjero.

El frutero le mide con la mirada. Le calcula el peso y la intención. Le resulta tan exótico como a mí ese niño minúsculo, con desparpajo gigante, pidiendo con voz firme un saco imposible de patatas.

No puedo dejar de mirarlo. Repaso con detenimiento sus tirantes anacrónico, sus pantalones anchos de pana celeste, su flequillo breve ribeteado de trasquilones, y esa cierta inexpresividad que solo deja transparentar una voluntad firme de no salir de la tienda sin aquello que le han encomendado.

"Pero ¿viene tu solo, shikillo?...¿Cómo va tú a cargá 10kilopapa?..."

El niño ni se inmuta.

Sale del local y regresa con una mochila a ruedas particularmente deteriorada.

Le flanquea un grupo de adultos que sigue sus pasos con inevitable curiosidad.

Yo particularmente siento ganas de levantarlo en brazos y estrujar sus tirantes de otro tiempo contra mí. Me invade una ternura angustiosa.

No sonríe, se ajusta las gafotas con impaciencia.

"¿Mevadaerzaco, cohone?" le espeta, de pronto, al frutero.

"¿De ónde hay que cogehlo? yo lo echo ar zurrón..."...

Un señor mayor que yo emerge de la criatura y se dirige solo a servirse el saco de papás ante el desconcierto y la falta de reflejos de todos los presentes.

El niño-viejo arrampla con la carga sin ayuda de nadie, y la acomoda sin titubear sobre la mochila. Todos le abrimos el paso medio estupefactos, medio admirados, medio temerosos.

El niño de campo saca las monedas justas y paga.

El frutero no dice ni mú.

Un hombre de no más de seis años sale de allí arrastrando como una pequeña bestia la arpillera de patatas, y se pierde entre los coches de una acera que no termina.

Me siento ridícula haciendo malabarismos con mis mangos XL. Juraría que todos nos sentimos un poco igual. Nadie dice mucho.

Este mundo es un lugar donde algunos niños arrastran demasiado peso.


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Se dice HACIENDO.

Depredadora de verbo

transigente y copulatorio.

Adicta a la posibilidad.

DESOBEDIENTE.

" Tengo tanta gente dentro, tanta gente ruidosa y distinta, que es imposible ser a secas la que suscribe.
Soy a ratos un chico hipnotizado por la eficacia con que una mujer se maquilla sin espejo en el vagón del tren.
Soy la tendera joven de brazos firmes y manos curtidas que me parte la sandía en dos con una sonrisa traviesa... y la vieja extranjera que espera melancólica su turno.

Soy la cría que se aburre del verano en la parada del bus y los cangrejos capturados por el cubo rojo de un niño inmisericorde.
Soy esa tipa preciosa que justo se pierde en la esquina mientras camino en sentido contrario...y el chico que viste de pies a cabeza todas las ganas de besar del mundo.

Soy la madre del bebé simpático que me tiende la mano despistado por el ruido...y el tipo sucio y solitario a cuyos pies se arremolinan las palomas.

Soy la chavala que llora en la sala de espera mientras soba sin resuello la pantalla del móvil....y la que emerge de mí como un fantasma para acudir a abrazarla sin moverme del sitio.

Soy mucho rato el muchacho joven que camina con dificultad, convulsionándose casi a cada paso, grotesco...y soy también la asesina en serie de todas las miradas de compasión que despierta, incluida la mía.

Soy casi todos los ancianos del barrio, silenciosos y resignados.. y la puta desafiante que me devuelve como un boomerang la mirada, tirándomela encima como un café caliente.

Soy el escritor de la novela que leo aborrecida y la mujer que se siente insignificante junto al marido que me mira sin rastro de verguenza. De hecho soy mucho más ella que yo misma, y puedo detestarme desde sus ojos mientras la miro de lleno, sin parpadear, ajena al imbécil que la acompaña.

Soy el hermano mayor que no logra recuperar la atención destinada al bebé rollizo que la madre mira embelesada...y la señora clonada sin rastro de identidad que nadie mira porque no existe.
Soy mi padre mientras siento el mar mojarme las pantorrillas.

Soy un dial de radio que no acaba de sintonizar nada pero que repasa sin descanso toda la programación, un millón de conversaciones interrumpidas, el sonido desordenado de la vida de los otros haciendo eco en un cuerpo deshabitado."
 

- Andri Castillo Söderström

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