Yo ya me conocía el estribillo de todas nuestras discusiones y la idea me sacaba de quicio. Elevar el volumen era parte del declive y del problema. No eramos felices, solo estábamos atrapados en una historia crepuscular y adictiva donde la necesidad del otro era una mentira consagrada. Nos habíamos hecho cómplices en la guerra y en el modo de solventar las batallas. Eramos compañeros de catarsis, enemigos acérrimos y amantes desmadrados. La infelicidad empezó a invadir los espacios comunes y solo uno de los dos quería huir de allí. El pedrusco descomunal que retenía a mi pie derecho de seguir al izquierdo en la huida era el recuerdo fresco de la más hermosa de todas las carcajadas. Él me hacía reír. A pesar de todo. Y esa risa cada vez más aislada y esquelética tenía la capacidad estratosférica de llenarme de esperanzas una y otra vez. Nunca he admirado tanto un brote de ingenio como en aquel tiempo primero en que la necesidad de seducirnos era constante. Él hacía un despliegue sin esfuerzo, diseminaba la atmósfera con un borbotón de genialidades que me dejaban sin aliento... y yo sucumbía, también sin esfuerzo, ante aquel juego rápido de reflejos en que todo cobraba un sentido nuevo para mí. Su cabeza perpetraba y mi cabeza se encendía. El repertorio parecía infinito y yo me había acomodado en el rol de espectadora. Pero aquel día era uno de esos en que hacer memoria exigía un esfuerzo monumental, y arrastré mi pie encadenado de un lado a otro de la habitación con una voluntad marcial, agarrando atropelladamente todos mis trapos y afiches para encerrarlos en la maleta. Aproveché que él se duchaba. Rellené la alforja y me saqué el anillo. Agarré mi billete y miré la hora. Enfilé hacia la puerta sin mirar atrás. No cogí el ascensor por miedo a tropezar de frente con alguien conocido, bajé las escaleras a trompicones y atravesé el hall derrapando en una esquina. No miré otra cosa que la puerta principal. No me despedí. No me paré a pensar. Solo quería huir desesperadamente de aquel amor inmenso e inhabitable que me condenaba a buscar todo el tiempo la salida. Cogí un taxi en la esquina y le di al tipo la instrucciones precisas. Se me pasó la prisa de sopetón. Dejé pues que el conductor se demorara en cada excusa y que me tomara el pelo como nunca alargando el trayecto hasta el infinito. Mientras el tipo eludía a consciencia todos los atajos yo pensaba en la bañera del hotel llena hasta los topes, en los dos sumergidos hasta el cuello con las piernas entrelazadas, de madrugada, pasado el ecuador, cada uno apoyado en su extremo con los ojos del otro como unico destino… inmersos de nuevo en una de esas discusiones perversas en las que llegar a un acuerdo era básicamente imposible. La palabra no servía. La palabra infalible, mi herramienta, mi manera, mi estrategia, se estrellaba cada vez con más violencia contra el mismo muro. No quedaba idea sobre la faz de la tierra que no hubiera desmenuzado con esmero para ponerla a nuestro servicio, ni ecuación de letras que no hubiera probado para hacerme entender... No había escatimado un solo esfuerzo por armar el rompecabezas, por atender sus argumentos, sus excusas, pero no servía. Estabamos íntimamente incomunicados y la impotencia y la frustración acababan convirtiéndonos en dos criaturas eléctricas en un medio acuático; pura descarga ininterrumpida sacudiéndonos de pies a cabeza hasta dejarnos noqueados y agotados de amarnos sin razón. Pensaba en eso y en la tristeza profunda que había reemplazado poco a poco a la carcajada... Y en que esa pasión caprichosa, intransitable y tramposa en la que los dos habíamos echado raices, solo me disuadía a mí. Llegué al puerto como si la piedra atada a mi tobillo pesara aún más que la valija, y me bajé del taxi con la sensación de que era por fin la última vez. Subí el repecho vertical como si me arrastrara una ola. Necesitaba salir de alli, atravesar el estrecho, la frontera y refugiarme en la posibilidad de una vida sin socavones. Solo cuando ya estaba instalada en la cola de los pasaportes me permití girar la cabeza y contemplar la ciudad abandonada... Desde la atalaya acristalada, un laberinto infinito de calles impares, un video juego sin reglas, un mundo sin reparar, ruidoso, neurótico e irresistible. Estaba absorta en mis pensamientos cuando algo en el paisaje llamó súbitamente mi atención. Era él corriendo, encaminandose ya a atravesar la explanada principal que separaba la ciudad del centro portuario. Me di la vuelta instintivamente y calculé el número de personas que tenía por delante antes de cruzar el umbral y recibir el sello en mi pasaporte. No volví la vista ni una sola vez y mi inquietud ya no cesó de crecer hasta que conseguí alcanzar el detector de metales. Solo entonces, garantizada mi salida y con mi billete en la mano, giré la cabeza hacia la entrada. Él acababa de entrar, enjuagado en sudor, jadeante aún...con los rizos mojados y la cara pálida y enrojecida al mismo tiempo. Se apoyó inclinado sobre sus rodillas y me miró con la boca abierta y los ojos como platos...exhausto. Cuando pudo se incorporó, se secó la cara con el dorso de la camiseta, se sacó algo del bolsillo y lo blandió en mi dirección, sin decir palabra... Era el anillo, aquel anillo absurdo e impropio de nosotros, aquel experimento extraño, aquella parodia, aquella pequeña joya sin valor específico para ninguno de los dos. Y ahí estaba él blandiéndolo como un símbolo, como una excusa, como una razón, como un reproche, como una reclamo...como un anillo que debía volver a la circunferencia estrecha de mi dedo anular a perpetuar nuestro fracaso. Me acordé de todas aquellas noches en que esperaba religiosamente a que cayera rendido por el sueño para decirle "te amo" a hurtadillas, consciente de que era la única oportunidad que yo tenía para arroparle, para aferrarme a su cuerpo dormido, para mesarle sin prisas los rizos, besarle los sueños y decirle "te amo" con el corazón encogido y el alivio de un globo pinchado que se desinfla poco a poco... Rendida, agotada, protegiéndome eternamente de esa bravura suya..de esa forma indómita, ardiente, infinita y destructiva de quererme.. Y protegiéndole también a él de mí, consciente a escondidas de la imposibilidad de salvarnos. Aquellos te amo como piedras...como alas... Mi voluntad alcanzó el barco mientras mi pies arraigaban dos kilómetros hacia el centro de la tierra desde donde quedé hincada de cuerpo presente. Mi cabeza zarpaba mientras mi cuerpo permanecía quieto junto a la maleta petrificada, a 5 ó 6 metros de él, al otro lado del detector de metales....frente a un guardia que nos miraba como si estuviera presenciando una pieza teatral en directo. "Je t'aime" exclamó con la cara descompuesta, conmovido y desesperado... "Mon amour" pensé aterrorizada, sabiendo que aquella era mi-nuestra última oportunidad para acabar algo que, si no, acabaría con nosotros. “Mi jodido puto amor feroz" seguí pensando en silencio mientras él hablaba en su idioma con un par de uniformados que vegetaban en el lugar. Recuerdo que alguien me indicó una escalera que desembocaba en los bajos del edificio Y recuerdo esperar allí mientras él se las apañaba para deshacer mi amago, mientras yo era devuelta al país y a la ciudad de la me había escapado, mientras mi pasaporte era customizado a cambio de un par de billetes...mientras mi cabeza zarpaba rumbo a casa y mi cuerpo se quedaba allí. No nos abrazamos tórridamente. Había dos personas conscientes dentro de nosotros impidiéndonos celebrar lo que acabábamos de hacer. Dos personas aliviadas pero tristes. Solo caminamos en silencio uno junto al otro, mirando al frente, por sobre la explanada...dejando poco a poco que la ciudad nos engullera de vuelta. No miré a los recepcionistas al entrar, pero sí cogimos el ascensor. Noté la mirada perpleja y pícara del barman en el cogote y sentí las puertas cerrarse tras de mÍ como si hubiera aceptado mi castigo sin replicar. La habitación estaba ahí desbaratada y caliente como un escenario abandonado de súbito por sus personajes.. Sin hablar me desnudé, sin hablar se desnudó y sin lenguaje común posible entre nosotros dejamos a nuestros cuerpos enzarzarse en su particular conversación sin comas, una comunión sin letras en la que nuestros egos desaparecían y nos volvíamos a encontrar cada vez más extranjeros, más ajenos, más incompatibles y más incapaces de escapar de nosotros.