Dices que llueves, que llueves de letras para adentro. Y yo te imagino fecundo...líquido...tierno. Será tal vez que los poemas que no alumbras te reciten a ti cada día. Quizás seas por derecho la obra de tus versos silenciados, el hombre escrito. Puede que se tape los ojos la poesía ante ti...y le cueste ordenarse abrumada ante esa imaginación sin bordes, ante esa voz sin esquinas que intima con las palabras, que las ronda, las chulea, las seduce y las pronuncia tal cual son, desnudas y completas. Tal vez se ruborice el verbo y bose el vaso y se derrame. Hay romance en tus maneras. Algo sutil que columpia a un niño infeliz en el pecho de un hombre enamorado. Algo febril que siembra de delicadas orquídeas el bramido de un animal que corteja. Una embestida tierna. Una cornada limpia. Una fractura en la piedra. Es torrencial tu mirada y escandalosa la fuerza con que su belleza ampara hasta el paisaje más anodino. Porque está en ti, la vuelcas tú...la proyectas incluso sobre mi, sublimando letras que tu saliva transforma. Se me ocurre, niño, que seas juntos todos los hombres y alguna innumerable mujer. Y que no pueda ese alboroto gestionarse desde otro poético lugar que no seas tú.