Desnudarse parece fácil.

Cualquiera diría que no es más que dejar la ropa deslizarse y caer dejando al descubierto la desconsolada carne,

la humana presencia tan desarbolada e insignificante en el fondo...acostumbrados como estamos a blindarnos las fragilidades con retórica y oropel.

Todos nos abrigamos por instinto ante la gélida mirada con que el mundo acoge nuestro verso suelto, el guiño disidente, la excentricidad...

Todos hemos intentado alguna vez maquillarnos la “tara”, ajustarnos la válvula y domesticar al crío que reclama a gritos lo que uno es incapaz de nombrar, pedir o concederse.

¿Te atreves a desmenuzar bajo el foco la verdad que te escuece entre las manos, esa que no admite velo ni pátina, esa oscuridad distinta que no tienes en común con nadie o que descansa en una parte de ti que no admite interlocutores?

Hablo de nosotros, de nuestra sórdida cosecha, de los miedos silenciados, de las contradicciones, de la verguenza, de la rumia, de las perversiones y obsesiones que nadie adivina bajo la enésima sonrisa, de la cotidianidad ambigua y oscilante...de estas ganas desesperadas de explorar, de amar, de sentirnos vivos, desafiados, deseados y consolados al mismo tiempo.

Yo misma embellezco el relato y mastico las palabras hasta hacerlas sonar bonito.

Hay textos míos elásticos en la boca, sinuosos y poéticos, que crudos, sin el jugo de la letra, sin mediar el pudor que me hace humedecer los bordes y suavizar la idea, sin dique...serían como cagar una piedra, así, como acabo de decirlo, sin jugar, sin cuidar la imagen que te llega, sin cuidarte tal vez de mí, de mi verdad, de lo ásperas que podrían ser algunas viñetas para tus dedos si no las manoseara un rato con las manos untadas en manteca.

Y me pregunto si hago bien…

porque, como espectadora, como testigo, solo me alcanza lo que algunas almas desnudas vomitan sin miramientos sobre la mesa.

Y soy muy capaz de reconocer el correoso rastro que la realidad deja. Sucio y sublime a partes iguales.

Todas las aproximaciones, los remedos, los amagos y las trampas me avergüenzan...


2020 me obligó a desnudarse.

Me arrinconó el AMOR y me sentí vulnerable...

aullé desesperada a la luna.

Me defendí como una vándala hasta que el amor me puso de rodillas. Lloré mansamente la derrota más dulce, porque dejé de luchar contra lo que quiero.

Inicio 2021 desnuda y desarmada.

Y por amor, te invito a desnudarte.

La realidad es mi vicio.


Al carajo todo ese baile infumable de palabras sin yema que nadie ha sudado, toda ese juego de luces, de mierda perfumada, de versos sin tuétano, de reflexión parvulario...

Al carajo toda esa cultura hueca de frivolidad y ostentación, de verbos hipoalergénicos, sin saliva, de miradas vacías de gente, de gentuza blanda e impecable redundando hasta la nausea sobre el desamor con fondos de Ikea como si el fracaso fuera compatible con esa luz diáfana y esas copas sin rastros de grasa, sin huellas...y esas toallas de rizo gordo que no rasca, y esos coños y esas pollas depilados y esa epidemia de muñecas y muñecos transgénicos, de narices respingonas y ojos gigantes con las bocas entreabiertas, idénticos, supurando un erotismo sintético de ubres ingrávidas, nalgas rígidas y sonrisas sponsorizadas cuyos sloganes vacíos y tediosos destierran el MORBO de la tierra.

¿A quién me dirijo en esta galería tramposa de avatares? ¿quién me entiende cuando digo que no hay lógica que te explique la sensualidad?

Lo que mueve el mundo y nos vuelve locos no es un juego de simetrías, no está en la puerta...¡escarba!, ¡entra...!! está en el desorden juicioso que nos impide ajustarnos a la horma, está en el paisaje incomparable de tu boca abierta sobre la boca mía.

¿no os cansa tanto postre?..



No es fácil desnudarse, yo misma aligero el trazo de algunos fotogramas por miedo a que huyas despavorido.

Nadie que se haya desnudado de verdad desconoce la odisea, la quemazón, la sensación ardiente del alma despellejada y expuesta a la mirada áspera de los que, consintiendo estoicos y frustrados las estrecheces del disfraz,

se burlan, señalan y te juzgan…

A nadie que se atreva a desnudarse le es ajena la ferocidad y la hipocresía de los marranos, la obscenidad del mojigato y su reverencia ante el macabro predicamento.

Qué divina la desnudez de SER antes de morir, recuperar el aliento...y qué bonito despertar.

Nadie en cueros ignora la batalla íntima, la resistencia y el pudor...el dolor y el alivio infinitos que implica descubrirse y tolerar el lapso, el desbarajuste, el lógico desencanto de saberse, al final, un puto escarabajo boca arriba luchando eternamente por darse la vuelta.

"Te miro estallar sin apartar la vista ni un instante”, escribí hace tiempo, y evoco sin esfuerzo la violencia del proceso, esa que me ha atravesado viva cada vez que he visto a alguien desnudarse realmente delante de mí.

La misma que ha precedido cualquier amago mío.

No es complaciente sentirse expuesto, pero cuando uno se asume y se hace cargo de quién es, aligerado de mochilas, se acostumbra a caminar con lo puesto y ya no quiere volver atrás, a ser los otros y cargar con sus condenas.