Hay algo fluorescente en las parejas de amantes, en esas miradas abisales y líquidas que alcanzan en dos segundos el centro de la tierra.

Hay algo sólido en las raíces breves que la pasión difunde apenas recién amanecida...

algo terco y rotundo que sostiene a los que se desean en mitad del remolino como si ningún viento pudiera arrastrarles.

Nunca somos tan poderosos como cuando estamos enamorados.

La pasión nos ancla y nos libera.

Nos blinda, nos dispara, nos salva y nos destruye exactamente en la misma medida en que nos oxida respirar; gastándonos y recompensándonos de la mima manera.

El deseo de baja intensidad no sirve porque no existe.

Cruzo sudando el umbral de la fiesta, me abro paso entre un mar de gente sin nombre.

Le descubro al fondo con sus ojos como luciérnagas fugaces.

No le conozco ni me conoce.

Me parece que no soy la única que alberga la idea loca de que solo el amor nos salvará.