Soy niño de orilla.

Rastreaba estos días las huellas de unos puntos suspensivos y di de bruces con la idea.

Sigo siendo discípula de esa cría en el borde que crece sinmigo dentro de mí.

La albergo sin autoridad ninguna. No tengo potestad para cuestionar sus pasos.

La siento a veces reprochándome los miedos que ella desconoce y que yo aún aprendo.Y me guía orilla adentro a desprender, a limpiarme de las palmas las suciedades que algunas experiencias sin moraleja dejan en mí.

Puro residuo. La miro y me recuerdo sintiéndome capaz de todo, liderando con mi penacho de ideas a una legión de cangrejos, rescatando caracoles y lagartijas... ratas de campo y gorriones..

Y arrimándome sin más a los otros críos, a charlar.

Los niños de orilla no hablan siempre el mismo idioma, pero nunca una lengua extranjera se interpuso entre dos críos.

Y ocurrían las historias de cabo a rabo, sin adultos mediante, sin interpretaciones bienintencionadas pero torpes de gente ajena a lo nuestro, a nuestra chalaúra bendita de niños sin Biblia.

Aún hoy entiendo a ráfagas algunas palabras sueltas de aquel idioma olvidado, aquel babel infalible para comunicarse sin trabas, aquel dialecto universal de niño de orilla que lo comprende todo porque le basta la voluntad.

A veces me paro a refrescarme en la charla de un par de críos que juegan..y me sorprendo comprendiendo desde las entrañas la estructura formidable con que construyen todo su disparate.

Entiendo el disparate porque sigue desordenando mi habitación.

"Ordena ese enjambre, niña", me gritaba mi abuela...

"¿Cómo voy a ordenar todas esas cosas, abuela, si estoy desordenada por dentro? " le solía contestar yo.

“Esas majaronás las aprendes tú en ca tu otra aguela!“( la finlandesa), sentenciaba Beatriz.

"¿así qué hombre te va a querer?!"

"Uno que sepa cocinar" le contesté un día. De la "inritación" que le dió, me quedé sin el chorreón de leche condensada en el té de matalauva.

"Tú estas chalá", repetía mucho mi abuela mirándome de reojo con cara de resignación.

Al hilo de esta escena me brota sin más en la sesera la noche en que mi abuela, en los vapores de su fatiga de anciana y no muchos meses antes de rendirse y morir, se quitó la máscara y me pidió un beso.

Recuerdo que era de noche y que yo le velaba el sueño desde el salón contiguo.

De pronto me llamó.

Yo pensé que era como siempre para repasar por enésima vez todas las medidas domésticas para evitar una hecatombe mortal:el gas de la hornilla, la llave de paso de agua del patio, la doble vuelta en la cerradura, las persianas... Así que caminé hacia su cama resoplando, renegada..."pero abuela, por Dios, ¿qué quieres ahora....?"

"Nena , dame un besito"- dijo el sargento.

Y yo sentí un crujido en el vientre como de culpa, un crujido de esos que aún me ahorcan de un olivo...y la besé desordenada, con el corazón sobrecogido por la sorpresa, medio paralizada por la desnudez de una mujer que yo no había conocido hasta ese día.

Hay puertas que no puedo abrir sin llorarme encima.


Soy niño de orilla, y sigo quedándome extasiada a dos pasos de tu puñado de arena observando lo que haces con tus manos, y acercándome espontánea a charlar sin pretensiones, a compartirte mis cuentos y a escucharte tus historias..

Añoro la belleza de esos encuentros fugaces a pie de orilla...aquellas horas con cielo, tan holgadas y eternas que daban para recrear muchas vidas...

Añoro arrimarme sin susto a abrazar por la espalda la verdad de los otros, jugar con aquella luz despojada de inventos y alimentar el misterio que después se nos olvida.. aquel lenguaje no escrito que nos amigaba como se amigan los niños, por puro instinto de comunicación.

Busco esta mañana desde el agosto vacío de mi laberinto las coordenadas de tu orilla. No tengo ambición de vivir en otra parte.